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jueves, 20 de febrero de 2014

soñándola

Y desde entonces siempre tengo más o menos el mismo sueño, o al menos la misma sensación. Soy yo, soy yo muerta de miedo. Soy yo con la garganta hecha nudo, el estómago ardiendo, las manos gélidas y temblorosas. Soy yo tartamuda. Yo que no me atrevo. Yo, la única que no se atreve, la que no lo logra, la que no lo puede. Todos menos yo. Yo queriendo ser como los demás. Yo entrando a Palestina como los demás. Yo saliendo de Palestina como los demás. Yo viajando por Palestina como los demás. En los sueños lo logro, pero muerta de miedo. Nunca es normal, aún cuando la normalidad sean el horror y la barbarie, o al menos el tedio del interrogatorio, la vulnerabilidad y la impotencia. Nunca es normal, siempre hay algo extraño. O Palestina es extraña, o estoy con gente extraña, o los soldados son extraños. Entonces no estoy en Palestina, aunque esté no estoy. Sigo en un espacio intermedio, en una nada, que solo puedo rellenar con contenido al despertar. Y la relleno con el contenido de la dureza de las noticias, de los pequeños logros de las campañas que me emocionan tanto, de un trabajo silencioso y anónimo que sin embargo, como a tantas personas, nos mantiene en pie. La única forma, paradojalmente, que he encontrado para llenar estas miserias mías, estas miserias cotidianas, es Palestina. Y quizás al darme cuenta de aquello es que anoche volví a soñarlo. Volví a soñarlo y, ahora que lo pienso, no era tan diferente la sensación de extrañeza, eso no cambiaba, Palestina como excepción. Solo que Palestina era hermosa, realmente hermosa, y mientras caminaba pensaba en los sueños, como si los sueños hubieran sido realidades, porque yo veía las antiguas casas, las tiendas, los campos, las plantaciones de olivos, y revivía todos los sueños, que en el sueño no eran sueños, sino memorias de allí, casi como si yo fuera de allí, y me reencontraba con lo que perdí. No había soldados, no había puestos de control. Se iba de la costa hacia el interior y del interior hacia la costa. Pero había algo extraño, estaban nuestros muertos. Nuestros muertos estaban demasiado presentes, más que siempre. 
Con todo, desperté feliz. 


sábado, 14 de septiembre de 2013

Refugiados

Leyendo para mi cédula, me puse a pensar en los refugiados palestinos que vivían en Iraq hasta que en 2003 EEUU invadió el país. En ese momento perdieron lo que precariamente habían logrado construir por más de medio siglo, pese a todas las restricciones que el régimen de Hussein les imponía, y debieron huir a Siria. Sin embargo, no pudieron entrar, porque el régimen de Al Assad arguyó el "derecho... al retorno", y debieron improvisar un nuevo campo de refugiados, en mitad del desierto. Algunos de ellos vendrían a Chile, tras gestiones humanitarias de organismos y personas naturales que, a diferencia del régimen sirio y de parte de la colectividad palestina de Chile, no arguyeron el "derecho al retorno". Pensaba también en los refugiados palestinos de Siria, que viviendo por décadas la misma dictadura que los nacionales del país, bajo el mandato de la UNRWA, hoy se enfrentan a la misma guerra civil sin ser nacionales. Y son revictimizados cuando deben en estos momentos abandonar Siria y ser refugiados por segunda vez. Hay sirios que se convierten en refugiados y solicitan asilo en Iraq: ¡en Iraq! (por favor dimensionen el nivel de desesperación de la gente).

Pensaba en la interpretación orientalista, en las películas gringas, que muestran el problema como una cosa de árabes que están hechos/nacen para matarse entre ellos.
Pensaba en cómo algunos y algunas desconocen -negligente o dolosamente- la historia, las historias, al punto de creer que o se está con Assad y Hussein o se está con Obama y Bush. Pensaba en cómo se podría ser pro palestino, característica que los autodenominados anti imperialistas se arrogan para sí mismos y para Assad, y no dejar entrar a cientos de personas cuya "opción", de no entrar a Siria, no era precisamente volver a sus casas, mayormente en Haifa (hoy Israel), sino estar condenados a carpas, en mitad de la nada.

¿Qué piensan ustedes?